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2 Agosto 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 9:45 PM
Entretenimiento 23 Febrero 2013
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DESDE LA ÚLTIMA BUTACA
Amour
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Luis Beiro
luis.beiro@listindiario.com

Ficha técnica.
Países:
Austria-Francia-Alemania. Año: 2012. Dirección y guión: Michael Haneke. Duración: 127 minutos. Música: Franz Schubert, Ludwig Van Beethoven, Johann Sebastian Bach. Reparto: Jean-Louis Trintignant, Enmanuelle Riva, Isabelle Huppert y William Shimell. Sinopsis: Un matrimonio de ancianos exprofesores de música jubilados lleva una vida feliz. De pronto, ella se enferma y el esposo tendrá que asumir las consecuencias de esa enfermedad.

I

Sin lirismos fuera de tono, ni casualidades comerciales, estamos frente a una obra maestra que respira amor por los cuatro costados. Haneke conmociona con esta película donde demuestra que el verdadero amor también puede engendrar sentimientos de crueldad. Es de esas cintas donde el tema eterno en la tercera edad asume rumbos distintos a otras producciones de gran factura (“Una canción para Martin”, de Billie August, por ejemplo) que lo han esbozado. Aquí hay un drama sobrecogedor enfrentado por un trío de actores vitales (Trintignant, Riva y Huppert) que arrasan delante de la cámara, sobre todo el inmenso Jean-Louis Trintignant quien, para suerte de Daniel Day-Lewis, no está nominado este año a los premios Oscar debido su nacionalidad francesa. Su personaje sale adelante con honestidad humanística. Haneke lo construyó a prueba de caricatura; le insufló resortes para que el espectador se cuele dentro de su piel y sufra su dolor, adquiera su compasión y entienda sus acciones frente a su amada quien, poco a poco, se va deshojando como las flores en otoño.

Con ese trío de actores, el director consigue una puesta en escena excepcional; todo transcurre dentro de un apartamento con apenas una escapada a la sala de conciertos al inicio del filme. Esto de por sí se acerca a ciertas claves en otras obras de Haneke como “Funny Games”, “Caché” o “El video de Benny” donde los espacios interiores juegan un papel preponderante.

Ya bien dentro o fuera de un inmueble, Haneke sabe cómo impactar. Posee una cinematografía uniforme, sin fisuras que transcurre como la corriente de un río que, por sus misterios, siempre va a parar a senderos desconocidos dentro del alma humana.

Al Haneke de los filmes de tensión y suspenso, no le tiembla el pulso para inyectar a esta historia de amor una buena parte de la dosis de su cine que lo ha llevado al estrellato mundial. Solo basta leer detrás de los parlamentos, mirar dentro de los ojos protagónicos y seguir el día a día de la historia para darnos cuenta de que el espiral dramático brilla en cada acto, en cada movimiento muscular. Incluso, él introduce elementos de suspenso al despertar la inquietud. Su final, inesperado y creativo, está matizado por elementos drásticos, capaces de hacer tragar en seco, de parar de la butaca y comerse las uñas a quienes siguen la proyección.

La música de Schubert, Beethoven, y Bach se adueña de la pantalla y sirve también como banda sonora. Nada mejor para ilustrar esta historia universal que, de tema en tema y de compás en compás, retrotrae hacia los valores sentimentales del ser, valores a veces tan olvidados por la prisa del presente en que vivimos.

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