El reto, sí, ¿quién no lo ha experimentado? Solo los que están muertos han podido librarse de él.
El reto se nos suele presentar como un proyecto amenazante, como un intruso que viene a robar nuestra paz. Llega armado con una larga espada entre las manos. Nos venda los ojos y nubla la razón. Nos sentimos como al borde de un precipicio y sabemos que tenemos que arriesgarnos a lanzarnos al vacío.
Parece que su gran fuerza desafiante nos puede. Lo tenemos en el cerebro y en el estómago. Nos palpita en la garganta. Nos distorsiona la voz al hacerla quebradiza.
Se instala y no nos deja tranquilos.
Son horas, a veces días, meses, años de lucha en los que nos hallamos sufriendo una rara indefensión. Parece que nadie puede ayudarnos .
En un momento determinado, notamos que podemos empezar y hacerle frente.
Avanzamos inmersos en la desesperanza. Nos rebelamos.
Sufrimos impotencia.
Lloramos. Sin embargo, ya no huimos . Sabemos que ha llegado la hora y no debemos demorarnos más en ejecutar nuestro objetivo. Plantarle cara al reto. Marchamos con las fuerzas que tenemos .
Pocas.
Él tiene sus propios métodos para incitarnos y, al mismo tiempo, querer hacernos desistir. Parece alocado. Pone candado al hambre y al sueño que habita en el cuerpo. Nos provoca sed. Nos hace perder kilos. No descansamos.
Ante esta debilidad se siente más fuerte.
No obstante, a modo de horizonte vislumbramos a lo lejos la tenue luz que, más tarde, nos llegará clara. No hay marcha atrás...