La ruta del declive

Primero se fue perdiendo el respeto a los padres y a los maestros.

Luego escaló hacia el desconocimiento de la autoridad y las leyes, que a nadie atemorizan.

Y más adelante quedó tendida la alfombra para que se llevara a cabo una sistemática ruptura con las normas de la decencia y el pudor, elevando la amoralidad a grados nunca vistos.

Ese proceso corrosivo de las tradicionales bases de la sociedad ha discurrido tan rápido que ya los narcos generosos son fácilmente encumbrados en las cúpulas de los poderes del Estado.

Y, a la sombra y amparo de estos, emerge un ejército de sicarios que tienen luz verde para matar, secuestrar o extorsionar, sin temor a las consecuencias.

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La entronización de estos nuevos “ejemplos” de éxito, que alcanzan popularidad e idolatría al repartir dinero y favores que ganan en el narcotráfico o en el mal llamado género urbano, es otra de las simientes que abonan la emergente sociedad del desacato.

Uno de los rasgos esenciales de esa “cultura” es el de la intolerancia, fuente a la vez de violencia no solo familiar sino extra familiar, pan nuestro de cada día representado en las peleas callejeras por cualquier tontería.

Hay demasiadas cargas de frustraciones acumuladas desde la pandemia, y los efectos del alto costo de la vida, el desempleo y la falta de oportunidades han disparado las muestras de intolerancia, falta de cordura e insolidaridad.

Aquí hay mucha gente aburrida que sale a la calle dispuesta a todo.

Una estela de trastornos mentales está haciendo olas en distintos segmentos de la sociedad.

En medio de estas brumas, muchos se preguntan si vale la pena existir. O seguir viviendo aquí.