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Editorial 24 Febrero 2013
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Armas destruidas, así debe de ser
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Este es un país en el que casi todo el mundo, según parece, anda armado, unos para delinquir, otros para defenderse de los delincuentes.

Cuando no se tiene el dinero para adquirir una, sea pistola, revolver, escopeta o ametralladora, hay gente que las fabrica de manera artesanal y resultan tan efi caz como las modernas, si de atracar o matar se trata .

Son más las armas ilegales o de contrabando que existen en el país que aquellas que son portadas bajo permiso ofi cial, en el caso de los civiles, porque los militares las tienen asignadas para sus labores y protección .

Pero resulta que a muchos militares o vigilantes privados, y también a civiles desprevenidos, los asaltan únicamente para despojarlos de sus armas y, con ellas, limándoles las numeraciones y series de fábrica, los delincuentes hacen de las suyas .

El mayor porcentaje de homicidios, agresiones o delitos en general se comete con armas de fuego .

Y es obvio que su control o estricta prohibición no se logra con esporádicos operativos de registro o recuperación de ellas cuando caen o atrapan delincuentes, sino con una política que restrinja al máximo el acceso o la adquisición por parte del público .

Por eso nos parece una excelente iniciativa la que ha tomado el ministro de Interior y Policía, José Ramón -Monchi- Fadul, atendiendo recomendaciones de las Naciones Unidas, al ordenar la destrucción de más de 700 de estas armas mortíferas .

En lugar de almacenarlas, para que al fi nal vayan a parar de nuevo al mundo del crimen organizado, sea por venta mafi osa o por graciosa redistribución a los civiles, es menester destruirlas, como se hace con las drogas ilegales .

Es una manera de limitar la oferta, y todo lo que vaya en dirección del control de armamentos debemos de verlo como una acción bienvenida y aplaudida por una sociedad, que ya ha soportado demasiado luto y dolor por culpa de estos instrumentos de la muerte .

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