Editorial 23 Febrero 2013
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¡Pobre juventud que camina hacia la perdición!
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A los 16 años, y en aquellos tiempos, ya Juan Pablo Duarte era un modelo de joven como el que toda madre dedicada y bondadosa desearía tener.

Y a los 21, el joven Duarte se convertía en un apasionado abanderado de la causa de la libertad de su país, apoyándose en su tempranamente adquirido bagaje de conocimientos y en el dominio de tres idiomas.

Las generaciones como la suya, y las siguientes, se modelaron en un contexto en el que lo más importante era aprender, saber respetar los valores y símbolos de la familia y la patria, y entregar energías, intelectuales y físicas, al desarrollo material y humano del país.

Pero hoy las cosas son distintas: el mayor semillero de delincuencia, adicción a las drogas y a otros vicios y afán de consumismo, es la juventud. Penoso es decirlo, pero más penoso es reconocer esta verdad irrebatible.

La mayor parte de los delincuentes que mueren en las calles, a tiros por la Policía o en enfrentamiento entre pandillas, son jóvenes. La mayoría de los presos que pueblan hoy nuestras cárceles son jóvenes, y en este segmento es donde mayormente golpea el desempleo.

Hay muchos jóvenes que se esfuerzan por hacer la diferencia entre este nuevo estereotipo, antípoda del de Duarte, estudiando y procurando manejarse en la sociedad con parámetros de seriedad, probidad y racionalidad en el consumo.

Pero hay un apabullante número que lo que quiere es ropas bonitas, cuartos para gastar en modas, en cosas innecesarias, en drogas, licores o cigarros, en amanecer en las calles en jolgorio permanente, elevando la vagancia a categoría de supremo espacio para el desenfreno y el placer, sin dar un golpe en favor de la productividad propia o del país.

Esos quieren llegar demasiado rápido  a las metas que otros alcanzaron a base de trabajo serio y paciente. Y si para eso hay que delinquir, consumir o traficar drogas, entrar en el terreno de las aberraciones, comenzar el sexo temprano y, en las niñas, quedar embarazadas o abortar, no existen frenos, ni morales  ni éticos.

¡Pobre de esta juventud que camina hacia la perdición!

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