El vivir fuera de su país natal es siempre, para el inmigrante, un ejercicio permanente de adaptación a sus cambiantes realidades.
Si se tiene un empleo estable o un ingreso que le permita vivir en condiciones dignas, bien. Pero si no es así, el inmigrante atraviesa por muchas vicisitudes, momentos de incertidumbre, desconfianza, y en cierta medida, frustración, si cree que los propósitos que lo impulsaron a radicarse fuera de su país no se han alcanzado ni se alcanzarán.
Con la crisis económica que afecta a España y otras naciones europeas, son centenares los dominicanos que han perdido sus empleos y los apartamentos o casas que han alquilado o comprado para vivir.
Las deudas agobian a muchos de ellos, los más empobrecidos, y se dan casos de dominicanos que ya han caído en la indigencia, y ni siquiera tienen recursos para volver a su país. Los que han podido, ya lo han hecho.
Por eso resulta de alto sentido humanitario el que el presidente Danilo Medina haya instruido a su embajador en España y al cónsul en Madrid a que levanten un inventario de los ciudadanos dominicanos que se encuentran en la más extrema situación de imposibilidad, a fin de proveerles los medios para retornar a la patria.
Ya se han hecho arreglos con la aerolínea Air Europa, del empresario Pepe Hidalgo, para reservar asientos en los vuelos diarios que llegan desde Madrid a los dominicanos que necesitan ser repatriados.
Aunque la operación tenga un alto costo económico, es lo mejor que puede hacer un Gobierno por la suerte de sus ciudadanos en el exterior. Esos compatriotas se dedicaron a trabajar y a enviar remesas que, al final, impactaban el cuadro de la economía. Ahora que la suerte los elude, nuestra responsabilidad es darle la mano amiga para que retornen al suelo patrio y recomiencen sus vidas.