Editorial 12 Febrero 2013
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Benedicto XVI, ahora desde el silencio
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En su comparativamente breve pontificado, el Papa Benedicto XVI demostró que fue un formidable e infatigable soldado de la fe cristiana, al que la historia le reconocerá su perseverante lucha contra todos los demonios que la desafían.

 Sucedió a otro pontífice, Juan Pablo II, que impregnó vigor y ardor a la Iglesia, globalizando el Evangelio, y su misión en cierto modo fue difícil porque tuvo que lidiar con acontecimientos que parecían vapulear el trono petrino, tras los escándalos de pedofilia o abusos sexuales de sacerdotes en algunas partes del mundo, y sostener a toda costa valores que lucían atacados o en decadencia y que constituyen paradigmas del modelo de vida cristiano.

 No vaciló en mostrar su enérgico rechazo a los abusos imputados a los sacerdotes y emitió normas para reforzar el rigor disciplinario en todo el clero, con el fin de evitarlos. Se enfrentó a los enfervorizados enemigos de los cristianos que todavía agreden y matan a los seguidores de Cristo por ser fieles creyentes y denunció constantemente los riesgos de la creciente secularización de Europa y los peligros de las nuevas tendencias que subrayan el relativismo y las increencias.

 Tras su largo ejercicio como Prefecto para la Doctrina de la Fe, el Papa Benedicto XVI imprimió a su pontificado de ocho años los fundamentos de una misión destinada a fortalecer y expandir la fe universalmente, como punto de apoyo para la salvación de un mundo que, como él mismo admite en su carta de renuncia, está sacudido por cuestiones que atentan contra ella.

 Gran sorpresa ha causado su decisión de abandonar su papel como vicario de Cristo en la tierra, porque ya, a su edad avanzada (85 años) no se siente con fuerza ni con vigor espiritual para seguir este camino empedrado de desafíos y dificultades.

 Los cristianos han de despedirlo con admiración, con cariño, porque se hizo grande al servicio de todos, y porque su grandeza ha sido mayor al resignar el pontificado para que otro, con toda la Iglesia a su lado, pueda continuar remando la barca de Pedro mar adentro sin temor a las brumas que se columbran en el horizonte de la humanidad.

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