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Editorial 21 Enero 2013
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El alborozo mariano
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Si hay una devoción auténtica en la religiosidad dominicana, esa es la de María, virgen de la Altagracia, a la que el pueblo dominicano tiene por madre espiritual.

A ella se le invoca para todo, para cualquier necesidad humana, material o espiritual, o para cualquier intercesión que requiera la Patria en sus momentos difíciles.

Son incontables los testimonios de dominicanos -y también de extranjeros, porque la advocación mariana ya trasciende nuestras fronteras- que atribuyen a la Virgen curaciones, consuelos reconfortantes y ayudas reales a los que esperan de ella signos o milagros tan relevantes como los que hizo su hijo, Jesús, en toda Judea dos milenios atrás.

María, la Virgen de la Altagracia, se simboliza como la madre piadosa y solícita de los dominicanos, pero también como ejemplo de mujer plena de virtudes.

Los dominicanos saben que, al venerarla, esperan que La Altagracia intervenga a su favor, como lo hizo ante Jesús para que convierta el agua en vino en unas bodas en Caná, y por la forma en que, en otras circunstancias, ella ha aparecido en planos notables en la obra de salvación de la humanidad, emprendida con el nacimiento de Jesús, en su virginal cuerpo, y su sacrificio en la cruz para redimir los pecados del mundo.

María se identifica con esta obra y el pueblo dominicano, por eso, la percibe como confiable y seguro canal para encontrar la orientación, el auxilio, el consuelo o la materialización de sus aspiraciones.

En este día, especialmente dedicado a ella, hay justificado alborozo religioso y esperamos que así como la madre de Jesús ha sido tan buena y generosa con los dominicanos, que siga irradiando su gracia y su amparo sobre este pueblo, que tanto la quiere y en quien tanto confía. 

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