Editorial 8 Diciembre 2012
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¿Por qué piensan así?
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Es un monumental absurdo proponer, como lo han hecho algunos diputados, que la Policía Nacional mate a los delincuentes sumariamente y, peor aún, que trate de hacerlo fuera de la vista de los medios de comunicación o de alguien que a su vez pueda trasmitir fotos o información sobre una eventualidad de ese tipo.

Quisiéramos suponer que, como se trata de legisladores que tienen a su cargo elaborar las leyes, entre las cuales figuran precisamente las que dejan en manos de los tribunales el manejo y sanción de los casos delictivos, lo suyo fue más un exceso, una alternativa desesperada, un reflejo de la frustración que siente toda la sociedad ante el auge imparable de la criminalidad y la inseguridad.

Pero por más desaliento, temor o desconfianza que gravite sobre el espíritu de todos los ciudadanos, que se sienten impotentes e indignados por la frecuencia y la impunidad con que aquí actúan los criminales y por las tibiezas de un Código Procesal Penal que ha parecido abrir las válvulas al accionar de estos malvados, la sociedad jamás debería optar por darle a la Policía o a los organismos de seguridad del Gobierno carta blanca para ejecutar a todos aquellos que delinquen, así por así.

 En este país no existe la pena de muerte y jamás deberíamos admitir que, ni por asomo, se nos antoje recurrir a una opción como esa para dar respuesta eficiente a los desmanes de los delincuentes o el crimen organizado.

Los casos de linchamientos o intentos de linchamiento de delincuentes, a cargo de ciudadanos indignados, que se acometen para hacer justicia por sus propias manos, han constituido señales del temperamento que parece dominar a una parte de la ciudadanía que abiertamente favorece que se actúe de esa manera frente a los criminales, aunque todos sabemos que eso es inadmisible bajo un Estado de derecho que queremos y necesitamos robustecer.

Lo que tiene que hacer la sociedad es exigir a la justicia y a las autoridades que cumplan con su rol, que sancionen ejemplarmente a los delincuentes y que no se repitan abundantemente los casos de malandrines que han matado, robado, violado o abusado de ciudadanos indefensos, que logran salir con facilidad de las cárceles (si acaso han tenido la “desdicha” de entrar en ellas) y que reinciden en sus atropellos.

 Por esa amarga experiencia de la impunidad rampante es que mucha gente está pensando en la misma tónica en que lo han evidenciado estos diputados, aunque de modo alguno compartimos semejantes líneas porque en definitiva nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie y, además, porque no estamos en una selva, aunque abunden tantas fieras salvajes e indomables a nuestro alrededor. 

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