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Valoremos al educador

Santo Domingo.- Hoy 30 de junio se celebra el Día del Maestro. Celebrar implica conmemorar, festejar, reverenciar, venerar. Por tanto, al dedicar un día especial para aquellos que se entregan a la formación de los niños y los jóvenes, que son en verdad el mayor tesoro de una nación, estamos reconociendo la importancia de esos hombres y mujeres dedicados a la enseñanza.

El maestro ha sido un verdadero pilar de la sociedad mediante la transmisión del conocimiento y la formación del carácter. Lo fue en el pasado y lo sigue siendo hoy de manera especial, aunque muchos no vean su verdadera dimensión.

En una sociedad como la actual, caracterizada por la fuerte presencia de los medios de comunicación y muy especialmente de la televisión y de la computadora en la vida de los niños y de los jóvenes, es el maestro quien, dentro de los recintos escolares, se las ingenia para enseñarles que la vida tiene exigencias y demandas que no se resuelven con un click.

Es el maestro, quien navegando contra la corriente de lo fácil y lo rápido, lucha y predica que lo virtual no es el camino para el éxito y que la frivolidad no representa un valor que conduzca a la felicidad verdadera.

A todo esto se suma una realidad social que lamentablemente nos golpea cada día más y que, sin duda alguna, tiene potencial para marcarnos en el futuro.

La creciente ausencia del padre o de la madre en las casas, unas veces acuciados por la imperiosa urgencia de buscar en la calle el dinero que necesitan para la satisfacción de las necesidades de la familia, y otras veces embriagados en la nube envolvente del consumismo, entrega el control y el seguimiento de los hijos a una llamada telefónica o a un personal doméstico que usualmente no reúne las condiciones para ello.

En esas circunstancias es el maestro, quien añadiendo un nuevo compromiso a su labor profesional, acoge y recibe a estos niños y jóvenes cada día con una sonrisa y un “buenos días”.

Le da seguimiento a sus tareas, revisa sus cuadernos y los motiva señalándoles sus logros y marcándoles los niveles esperados de calidad en el trabajo que realizan. Además, cuando es preciso los corrige con firmeza, claridad y cariño, y los llama aparte para indicarles de una forma más discreta aspectos que, por su naturaleza, ameritan ese tratamiento.

Mi experiencia como maestra y directora por años de una institución educativa reafirma mi convicción de que es imprescindible la integración de los padres a la escuela y el establecimiento de una relación fluida con los maestros.

Esto así porque finalmente, dirección, padres y maestros son los responsables no solo de la instrucción, sino de la formación de niños y jóvenes buenos y felices, como Dios quiere.

Debemos reconocer que el trabajo de un maestro es delicado y que para hacerlo no bastan conocimientos ni es suficiente un título, sino que requiere de mucho amor, entrega y dedicación.

Nuestros maestros deben ser reconocidos como verdaderos trabajadores del intelecto y del espíritu, porque su misión trasciende la simple presencia en el aula.

¿Quién que haya ido a la escuela no tiene en su corazón la huella de un maestro? Rindamos hoy tributo a esos hombres y mujeres que siembran cada día el amor por el conocimiento, el amor por la vida y la esperanza de ser cada vez mejores.

LOS MAESTROS DEBEN SER RECONOCIDOS
Debemos reconocer que el trabajo de un maestro es delicado y que para hacerlo no bastan conocimientos ni es suficiente un título, sino que requiere de mucho amor, entrega y dedicación.

Nuestros maestros deben ser reconocidos como verdaderos trabajadores del intelecto y del espíritu porque su misión trasciende la simple presencia en el aula. ¿Quién que haya ido a la escuela no tiene en su corazón la huella de un maestro?

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