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SANTO DOMINGO.- Me gusta y me atrae hablar sobre Jesús y su Nacimiento, sobre todo en Navidad: época especial del año. Ese ser excepcional colmó con su llegada “la esperanza nacional de un Mesías”, basada en las promesas y profecías. Siglos antes de su Nacimiento se hablaba del advenimiento de aquel Mesías. El nombre de Jesús es de origen griego. En hebreo su equivalente es Yehashua, o Jeshu. También fue llamado Enmanuel, Salvador, Redentor, Jesús de Nazareth. A la castellanización de su nombre hebreo Yaveh, se le llama Jehová que significa “el que existe por sí mismo”. Los magos y pastores de la época decían en testimonios, que una de las señales de que él era el Mesías, era la forma en que las profecías se originaron: “Hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre en Belén”. De esta manera fue encontrado y esto en parte motivó la rabia del rey Herodes. El niño que el ángel Gabriel prometió a María, la Virgen desposada de José, nació de linaje real. Muchos libros, y sobre todo las sagradas escrituras, hablan de que María descendía de David. Según los escritos sagrados, la historia de Jesús inicia al promulgarse el Edicto en Roma, desde que se ordenó el empadronamiento de los habitantes de todos los reinos y provincias que eran tributarios del imperio. De acuerdo con la costumbre Judía, respetada por la ley romana, cada persona debía ser empadronada en sus lugares de origen. María era judía y José, según la ley, también lo era. La estadía de ellos en Belén para el empadronamiento provocó que la madre del primogénito diera a luz a su hijo en este lugar. Belén era un pueblo pequeño, de vida pastoril por lo que solo pudieron encontrar un establo. A los 8 días de nacido, fue circuncidado de acuerdo con las costumbres. El niño creció en un ambiente de trabajo, viendo a su padre trabajar la madera. Desde pequeño fue enseñado a laborar, y en medio del trabajo, logró gran conocimiento espiritual. Se dedicó a predicar sobre la igualdad entre los hombres, por ser hijos de un mismo Dios, Creador y Padre de la humanidad. También instó a combatir las prácticas de adoración al emperador y decía: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, frase ésta que refleja el espíritu de justicia que siempre le acompañó a lo largo de su corta existencia de 33 años. Aunque su propósito no era combatir al sistema político, sus ideas fueron vistas como una amenaza al orden político; de ahí que le persiguieron hasta destruir su vida física. Los discípulos de Jesús, hablan de sus cualidades: sencillez, humildad, amor a la humanidad y su inmensa capacidad de perdón que nos dice: “Y perdona hasta 70 veces siete como nos dice: “No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete”. Su integridad aún en la cruz, no la cuestionan ni los cristianos ni los que no lo son y aunque muchos episodios de su vida se perdieron, sabemos mucho sobre él. Ahora que estamos en Navidad, pensemos en esos niños que, como Jesús, nacieron sin techo ni cuna. Pensemos seriamente en sus enseñanzas; sin su prédica, la humanidad fuera una verdadera selva. Aún así, sabemos lo convulsionada que se encuentra la humanidad. Jesús no hubiera querido un mundo de violencia como el que hoy estamos viviendo. Su mensaje de redención nos invita a compartir lo que tenemos con los que no tienen nada. La sociedad, nosotros todos, somos responsables de la miseria, la necesidad que viven muchos niños al margen de la civilización y algunos que, al igual que Jesús, hoy no tienen cuna, ni privilegios. Copyright 2009 LISTIN DIARIO | Todos los derechos reservados
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