La vida está llena de momentos de fe. La mamá que amamanta a su niño con la esperanza de verlo crecer sano y feliz. El joven que acude a elegir por primera vez a sus gober nantes porque cree en la democracia. El estudiante universitario que se sacrifica para forjarse un futuro digno, libre de precariedades. Levantarse y empezar cada día sin pensar en los posibl es contratiempos que se puedan presentar es un acto de fe. Vivir es un acto de fe. Cruzar la calle confiados en que alcanzaremos la otra orilla es un acto de fe.
La esperanza de que l a felicidad se manifieste con abundancia de salud, amor y holgura económica hace que millones de trabajadores se levant en cada mañana confiados en que la situación social del país mejorará algún día.
Por fe posan los fieles sus rodillas ante el altar y oran a un ser supremo; por fe le cantan, le alaban y le piden ayuda. Para muchos la fe mueve montañas, obra milagros, sana.
Por fe se ganan los partidos antes de haberse iniciado, se ganan las batallas, los amigos.
Por fe todo siempre saldrá bien. Por fe saldrá el sol tras una semana de intensas lluvias que arrasó con un pedacito de todos: material o emocional. Por fe los huracanes no nos tocarán, y si llegan, no no s harán más daño que aquel que podamos soportar.
U n examen. Una entrevista. Ayudar. Entregarle el corazón a alguien al punto de vivir toda la vida a su lado. Entregarse a los demás sin esperar más que la gracia divina. Todas las acciones están impregnadas de fe, de esa capacidad de creer en lo que no podemos comprobar, de una actitud de esperanza ante la vida que hace q ue nuestr os actos busquen la trascendencia y dejen huellas.
Si la fe tiende a manifestarse en las situaciones más difícil es y especi ales de nuestras vidas, tal vez éste sea uno de esos momentos en que más la necesitaremos. El tiempo apremia.