Cuando decidí volver a estudiar y entrar al certificado de gerencia de negocios de la New York University (¿negocios, tú, María Isabel, te volviste loca?) no me imaginé que parte de la ruta que tendría que recorrer sería la del estudio de mí misma.
Siempre fui la niña que no vendía ni los boletos de la noche navideña. Siempre evité el conflicto, me mantuve tratando de armonizar el mundo a mi alrededor.
He sido mediadora, he consolado, apoyado, enseñado, he trabajado duro, me he exigido a mí misma más allá del límite que creía posible y ahora me doy cuenta, luego de que la increíblemente amable doctora Amy Lui, profesora de liderazgo de NYU, me hiciera verme en el espejo, que el liderazgo es más que darse a querer por los demás.
Siempre sentí que tenía don de mando, aunque debo confesar que hace tiempo evito tratar de convencer a los demás de que piensen como yo. A muchos nos pasa.
Tenemos fases de individualismo extremo, nos olvidamos que más allá de nuestro pequeño mundo hay muchos otros que necesitan de nuestro liderazgo y savoir faire.
¿Qué pasaría en un país como el nuestro, si más gente decide poner en marcha sus talentos para cambiar el estado de las cosas?
¿Qué ocurriría si vencemos el miedo al conflicto, a la desaprobación social y somos, de una buena vez, nosotros mismos?
Creo que sería un alivio. Y una gran oportunidad de crecer como sociedad.
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