Lejos de su hogar, sobrecogido por la nostalgia, John Howard Payne escribió la popular canción “Hogar de mis recuerdos”. Había recorrido medio mundo como actor de teatro y compositor, representando con éxito diversas piezas dramáticas; sin embargo, anhelaba en lo íntimo de su corazón detener sus andanzas para formar una familia. Nunca lo consiguió. Las mujeres que conocía no estaban dispuestas a tener una maleta como hogar, y, además, dudaban de que el neoyorquino pudiera ser un marido estable.
En uno de sus múltiples viajes, en Milán, Payne recibió el toque de la inspiración poética. Contemplaba extasiado lo que para él era una impresionante escena: una hermosa joven tarareaba una canción. Su corazón solitario estaba enternecido por el paisaje y la melodía que entonaba aquella inolvidable mujer. El resultado de esta vivencia fue la letra de su famosa canción: “Hogar de mis recuerdos,/a ti volver anhelo;/ no hay sitio bajo el cielo/ más dulce que el hogar”.
Sin duda se había enamorado, pero la magia de aquel momento no le condujo a ver a cristalizar el deseo de su alma, a materializar su sentimiento en matrimonio. Prosiguió en su incesante vagar por el mundo, sembrando infructuosamente. El fruto inmortal de amor por la italiana fue simplemente una canción.
Dios creó al hombre y la mujer de tal modo que pudieran realizarse física y emocionalmente el uno con el otro en el matrimonio. Cuando Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él”, definió esta necesidad humana. Para superar su soledad, el hombre necesita la asociación y comunión matrimonial. En el matrimonio puede hallar lo que le falta para vivir a plenitud.