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Sábado 21 de Noviembre del 2009, actualizado 5:55 PM
 
EN PLURAL
Padre Adames, maestro y amigo
Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez - 11/7/2009
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Abro un paréntesis en la saga que anuncié En Plural para identificar la ubicación del PRD, la izquierda democrática por supuesto. Una deuda de afecto y gratitud me obliga a hacerlo.

Soy capitaleña de siete generaciones, una “pueblita” como algunos me llaman. Sin embargo, los dos mejores amigos varones que he tenido en la vida fueron cibaeños: José del Carmen Rodríguez y Monseñor Roque Adames. Ambos han muerto, con el primero cumplí escribiendo sobre una amistad que a mi me hizo crecer política y humanamente.

Ahora, esta semana, otro gran amigo, Monseñor Roque Adames Rodríguez, el Padre Adames que surge cada vez que evoco una época muy difícil de mi existencia, ha partido al Encuentro del Señor. De su Señor, a quien sirvió rodeándose de los humildes a quienes Jesús lavó los pies.

Escuchaba en mi casa, en apretado intervalo que fabriqué para distraerme de afanes y cuitas, la canción inolvidable de Alberto Cortés: “Cuando un amigo se va/ deja un espacio vacíoÖ.”. En ese momento precisamente me comunicaron la muerte de ese gran amigo que fue para mí el Padre Adames.

Con las letras transidas de ternura y recuerdo de la canción de Cortés, mi corazón lo lloró memoriosamente.

He escrito varias veces sobre el Obispo Roque Adames, sobre su amistad y su apoyo sostenido en tiempo para mí muy duros. He explicado por qué siempre me he referido a él con el apelativo de padre y no de Monseñor, lo conocí entrañablemente en su esencial condición de sacerdote, de “cura” cercano, amistoso, pastor cotidiano, que aconsejaba y guiaba humanamente. He relatado a las nuevas generaciones el lujo de haber sido su alumna en la Facultad de Humanidades de la UASD, cuando sus palabras sabias y hermosas pintaban literalmente en el aire el friso colorido de la historia de las antiguas civilizaciones. Lo he evocado también como pocos parecen recordarlo, permaneciendo junto al pueblo en la Ciudad Nueva sitiada y heroica durante la Revolución de Abril. Más tarde, con la misma templanza y firmeza, respaldó con su presencia y postura dignificantes la secuela mejor de esa Revolución: el Movimiento Renovador de la UASD.

Esa actitud bizarra tenía un origen definido. Desde que el Padre Adames retornó al país de sus cumplidos estudios teológicos y filosóficos en Italia y España, fue un precursor de la nueva Iglesia latinoamericana, que luego floreció en Medellín y en Puebla, ecos certeros de ese Vaticano II que nos devolvió a los católicos la opción preferencial por los pobres que Jesús nos legó en el Evangelio.

Las asambleas de base, los Diáconos surgidos de un laicado fervoroso asumido como apostolado perenne, fueron parte de la siembra profusa, discreta pero ardiente, que el Padre Adames hizo de la semilla de un catolicismo que desde Santiago de los Caballeros predicó con ejemplos el acercamiento de nuestra Iglesia al pueblo creyente.

El padre Adames amaba a ese pueblo, Se sentía orgulloso de su origen campesino, pero también se dolía de las miserias y de la ignorancia que frenaban las potencialidades del ubérrimo campo cibaeño.

Recuerdo que me dijo varias veces, al elogiarlo por su inconmensurable sapiencia: “Yo solo tuve suerte, Yvelisse. Dios me regaló poder estudiar y desarrollar mis potencialidades. Pero hay muchísimos niños que embotan sus inteligencias en el campo, sin escuelas, sin libros, atrapados en la rutina y el atraso”.

Ser doliente de las penurias de los otros, y de su derecho a una vida digna, condujo al padre Adames a servir la educación como misión evangélica; fue misionero de la educación toda su vida.

Yo lo recuerdo en mi UASD, pero la PUCMM fue depositaria de sus germinales afanes, y por eso en ella han velado con unción su cadáver en la semana que concluye.

El campo, el medio ambiente violado y maltratado por la inconsciencia y las necesidades perentorias de sobrevivencia de los desposeídos, son motor y estandarte de su obra más conocida. El Plan Sierra.

Precursor, como José Francisco Peña Gómez, de las preocupaciones ecológicas en un país que vive el día a día vertiginosamente sin percibir los ríos que se agotan, la flora que se extingue, la desertización que nos acecha, Roque Adames hizo del Plan Sierra un monumento que deberemos conservar del desarrollo sostenible.

¡Hay tantas cosas buenas que logró, tantos elogios a prodigar, que se han desgranado en los honores rendidos a su elevada categoría eclesial!

Quise honrarlo también, en este caleidoscópico En Plural, porque conocí y admiré su imperioso accionar como ciudadano activo, en este país de indolencias e injusticias.

Pero mientras apagaba entre lágrimas el viejo aparato de música que tartajeaba las últimas notas de la canción de Cortés, supe que siempre privilegiaré recordarlo como Amigo.

En el espacio vacío que deja en su partida, coloco como una flor el compromiso de continuar mereciendo haber sido su amiga, y su discípula.


 
 
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