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DESDE LA ÚLTIMA BUTACA
Sense and Sensibility
Luis Beiro - 11/7/2009
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Director. Ang Lee. Año. 1995.
Países: Reino Unido y USA.
Duración: 120 minutos.
Guión: Emma Thomson.
Reparto. Emma Thomson, Kate Winslet y Hugh Grant.

Sinopsis: Dos hermanas, tras la muerte de su padre no tienen derecho a heredarlo por ser mujeres, según las leyes británicas, y quedan al amparo de su hermanastro, quien les adjudicará una mísera pensión. Ellas, con su madre, se instalarán en otra comunidad y allí vivirán sus primeras experiencias amorosas.

Esta película está basada en una novela inglesa del siglo XIX. Su autora, Jane Austen, legó un documento literario que lleva más de 100 años cautivando al mundo por la dimensión humanística de su trama. Ang Lee fue uno de esos apasionados lectores y no se detuvo hasta llevarla al cine con un guión escrito por su protagonista, Emma Thomson. Las causas posiblemente estén ligadas a vincular la trama con el perfil psicológico taiwanés, el cual Lee ni ha olvidado ni ha dejado de llevar como parte de su vida a pesar de su residencia norteamericana.

En este caso, su reflexión se vincula a un toque de la cultura taiwanesa relacionada con la fortaleza individual de la mujer frente a las emociones mundanas, y cómo esta virtud la puede ayudar a sobrevivir con dignidad entre las conflagraciones del diarismo.

La sociedad de Taiwán ha llegado a niveles de desarrollo impresionantes no sólo por la laboriosidad, disciplina y abnegación de sus 23 millones de habitantes, sino por el sentido que saben darle a la vida a partir del raciocismo y, sobre todo, de resolver sus cuestiones en silencio. Esta virtud es manejada por Ang Lee a partir de los conflictos sentimentales de estas dos hermanas.

“Sense and Sensibility” es un derroche de virtuosismo cinematográfico, encabezada por esa exuberante ambientación epocal tanto en exteriores como en el vestuario, la ambientación y el maquillaje. Lee se metió en el centro de esa Inglaterra aristocrática que germinó mostrando al mundo el hegemonismo de su complejo de superioridad.

Pero también se metió en el alma de otras clases y sectores sociales a los que retrató tanto en ropas y carruajes como en sus conversaciones y diálogos heterogéneos. Lee cultivó el empuje del rumor de salón, las intrigas amatorias y la profusión de la solidaridad ante los sentimientos y pasiones frustrados.

La fotografía, el guión y las actuaciones crecen desde una mano maestra que demuestra que hoy por hoy muy pocos pueden superarla con la cámara en mano, así como en la manera de “hacer trabajar” al reparto, entre protagonistas, secundarios y extras.

Su manera de ubicar el mobiliario no defraudan el disfrute estético del espectador, ni el nivel sorprendente de la historia que lo cautiva: Ang Lee sabe hacer cine de verdad.

El final feliz de esta historia no es tan feliz para los espectadores de Occidente. Lee lo sabe y por eso se decidió a caracterizarlo con una alevosía complaciente que no es más que la derrota del mundo interior de los sentimientos. El buen sentido salva a los demás, enriquece al ser y lo hace olvidarse de las tentaciones; pero a la larga, sus consecuencias buscan el mismo propósito que los impulsos emotivos. ¿Me contradigo con esta conclusión? No, por el contrario, para un conocedor de la cultura taiwanesa, la felicidad a contracorriente se disfruta más que la nacida por impulsos inmaduros.

Aunque al final ambas sonrían.

 
 
 
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