La mañana empieza y los ruidos citadinos me alcanzan sentado en esta cafetería funcional y moderna, en la que sólo algunos comensales degustan parsimoniosos sus cafés con leche y sus bollos recién horneados; alguno, ganado por el hambre o por la expectativa de una luenga jornada, consume de forma célere un mangú exquisito y humeante.
Mientras espero a que abran la librería, observo tras los cristales el hormigueo incesante de la urbe, los conchos ahítos de pasajeros, los vendedores callejeros cargados de extravagantes mercancías, las decenas de letreros que inundan el espacio aéreo como manchas indelebles y viciosas, en los que rostros sonrientes de políticos que no conozco se mezclan con emblemas y eslóganes cifrados, anuncios de detergentes y productos alimenticios...
Concluyo, al contemplar este abigarrado panorama, que la felicidad está al alcance de cualquiera de los miles de transeúntes que fatigan las avenidas de Santo Domingo. La felicidad está a tiro de piedra, y aquí, en esta mañana de sábado, tiene la suave consistencia de un cortadito espumoso y cálido. El periódico oculta casi totalmente la superficie de la mesa, en la que estoy caligrafiando estas palabras con el fin de preservar una memoria que temo frágil y quebradiza.
Escribo sobre los titulares del día: robos y asaltos, un fuego en Villa Mella, un policía muerto, tráfico creciente de estupefacientes, mujer embarazada tiroteada en plena calle, al salir del hospital, para qué seguir.
Doblo el periódico y prosigo mi escritura. Oigo voces desde la librería. Abren ya sus puertas y me apresuro para ser el primero en entrar. Veo los estantes repletos de libros, las mesas y los escaparates con las novedades, la sección de libros dominicanos, el bien surtido mostrador de las revistas...
Respiro el aire enrarecido por los numerosos volúmenes, un aroma que acompasa mi pensamiento y enciende, cual fuego sacro, la espita del recuerdo. Días lejanos acaecen nuevamente en el escenario de mi mente, en el rincón más íntimo de mi alma. Tardes encendidas en que recorría las librerías de la Capital en busca de las obras de los maestros.
En aquella época, que se me antoja casi remota, no existía aún el Internet ni las computadoras portátiles, ni los celulares con sus timbres nocivos y estridentes; un mundo que hoy parecería irreal para muchos, normado por el silencio de las cavilaciones y el rozar de las páginas de los libros.
A veces, días había en que visitaba varias librerías en una travesía que constituía un delicioso aprendizaje. Los libreros dominicanos eran por aquellos tiempos seres maravillosos que tenían tiempo para leer y no los pobres vendedores del presente que sólo saben teclear en la computadora en procura de los títulos que les solicitamos.
Pero todo esto poco importa.
Todas aquellas tardes consagradas a la búsqueda de los libros se han esfumado, y de ellas apenas sobrevive el leve aroma de las páginas leídas bajo la larga sombra de los muertos.