El sistema de partidos de República Dominicana no sirve. El cualquierizado liderazgo nacional sustenta la trivialización de la política, sumiéndonos en la pobreza económica, la miseria social y la indigencia ideológica. La capacidad de reacción social ciudadana se ha embotado.
Nuestros “partidos” mutan en empresas para beneficio de sus cúpulas que limitan su ejercicio a repartirse cargos y vivir del Estado, usando como capital social a la gente que cada dos o cuatro años les vota.
El servicio ciudadano, las propuestas enmarcadas dentro de un presupuesto ideológico y la búsqueda del bienestar general son tareas ausentes de la agenda de quienes lideran la política dominicana.
Todo ello, vale decirlo, se hace con la complicidad por acción u omisión de la sociedad que, sumida en una inercia provocada por estos mismos clanes hegemónicos partidarios, no se atreve todavía a castigarles con la movilización ciudadana, la protesta enérgica o el voto.
Cada cuatro años nos condenan a escoger, entre lo malo y lo peor. Demostrado esta: para aspirar a un cargo electivo no es necesario tener ideas, ideología e ideales, solo basta con tener muchos millones de pesos para gastarlos en la clientela y, claro está, la decisión de recuperarlos con creces una vez se es electo.
No nos llamemos a engaños, ni a ingenuidades absurdas, este fenómeno de la mercantilización de la política no es exclusivo de las élites. Muchos de nuestros compatriotas afirman sin sonrojo que su voto tiene precio.
En República Dominicana de comienzos del siglo XXI estamos ante la presencia de un fenómeno interesante: nuestros partidos no promueven ideas, buscan prebendas, no trabajan para todos y todas sino para unos cuantos, no son de derecha, ni de izquierda, son partidos de bolsillo y no precisamente por su tamaño.