¿Qué podemos hacer los columnistas más de lo que hacemos ante una situación insólita, vergonzosamente violatoria de leyes y derechos inherentes a República Dominicana, en todo el territorio nacional? No podemos permitir que nos amedrenten con llamadas amenazadoras; en lo que respecta a mí, me pueden seguir llamando, yo no tengo miedo de que me maten, ya lo he dicho y lo sigo diciendo: estamos en nuestro derecho de expresarnos por el bienestar nacional, porque a pesar de los males existentes, este es un país altamente democrático y nada me detendrá.
Al periodista, articulista, comentarista de televisión y radio tienen que respetarnos. Considero que tenemos que doblar esfuerzos con nuestros criterios liberados de ataduras espurias, que nunca nos limitan moral y principios patrios. Somos personas decentes, ciudadanos probos que si reseñamos desmanes improcedentes es por estar comprometidos sobre todas las cosas con nuestra nacionalidad, con los principios, con la educación y con la vida de este país.
Los comunicadores en general, no tememos, somos los voceros fidedignos contra la delincuencia y la corrupción, que se han extendido queriendo afectar lo poco que queda de decencia en esta tierra de Dios, desolada de amor por la patria.
El 27 de octubre, El Día publicó una información sobre la Asociación de Inmigrantes Dominico-Haitianos, acusando al gobierno de la ola de violencia contra los ciudadanos haitianos. Punto de vista desafortunado porque esos vecinos laboran en distintas actividades en este país, de modo violatorio, como honesto, para vivir la vida que en Haití les es imposible lograr.
Es una verdadera lástima que en un país donde los inmigrantes haitianos entran masivamente sin ser detenidos, en el momento que nuestras autoridades, como en todo país soberano del mundo, ponen coto a los desmanes destructores del 18% de la fauna de los Haitises y deportan a 46 haitianos depredadores comprobados, la Asociación de Inmigrantes se queje; igualmente la comunidad haitiana en el país; hechos que todos deploramos; no obstante, esas dolorosas realidades son dignas de análisis:
Desde que se producen reyertas o muertes de haitianos llegan quejas no sólo de Haití y de sus allegados, sino de las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos y demás entidades internacionales; y me pregunto: ¿Investigan las causas de esas muertes antes de sus quejas? Ahora fueron por el negocio del carbón; existen otras riñas por desacuerdos de formas de vida donde también mueren dominicanos. Ahora peligra nuestra fauna; sin detenerlos se acabará nuestro país.
Este es un problema agudo, de difícil solución. Por razones ignoradas el haitiano se ha convertido en depredador, por eso Haití hoy es un desierto improductivo, su tierra quedó arrasada, totalmente devastada por sus nacionales, inservible para la siembra de alimentos; en cambio el dominicano no es depredador, o este país estaría en las mismas condiciones que Haití.
El dominicano es agricultor, tampoco es comerciarte, con muy pocos ejemplos aquí los comercios más fuertes provienen de españoles laboriosos, e italianos; consecuentemente, a nuestros conciudadanos nunca se les ocurrió hacer un negocio a gran escala con la destrucción de nuestra fauna para ganarse RD$89.2 millones de pesos anualmente, por conversión de nuestros árboles en carbón, según el periódico Hoy de octubre 28.
Yo creo que todos los que dañen este país, no sólo haitianos, tienen que ser castigados o deportados, para cuidar la continuidad de nación independiente y viva, que no se desintegre por nadie. Han sido muy lamentables las muertes haitianas por diversas razones que de ninguna manera excuso. Pero la verdad se impone: hay que admitir que el negocio ilegal del carbón fue iniciado por ellos, los dominicanos no hicieron talas de árboles en dimensiones escandalosas que hoy surgen dañándonos con crímenes inaceptables, tan rentables y aborrecibles como los del narcotráfico.