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Sábado 21 de Noviembre del 2009, actualizado 2:28 AM
 
COSAS DE DUENDES
Ya ni eso
Alicia Estévez - 11/4/2009
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Cuando era niña, mis padres y vecinos en El Seibo asistían a los mítines políticos. Recuerdo que las épocas de elecciones eran muy festivas porque, además del alboroto propio de las actividades electorales, éstas coincidían con las fiestas de la Santa Cruz que se celebran en el mes de mayo. En el pueblo todo el mundo sabía a qué partido pertenecía cada familia.

Recuerdo que escuché decir a mi mamá, con mucha frecuencia, “esa gente ha sido reformistas toda la vida” o “en esa familia son perredeístas enfermos”. En esa época, los años 70 y 80, los partidos que dominaban el electorado eran el rojo y el blanco. Las diferencias llegaban a ser tan profundas que marcaban enemistades y rivalidades, las cuales afloraban en circunstancias como fiestas, velatorios o encuentros de cualquier índole.

Cuando una familia celebraba un gran acontecimiento, como una boda o unos quince años, puede que dejara fuera a vecinos cercanos sólo porque pertenecían al partido contrario.

La gente tenía la política muy metida en sus vidas. Eso, pienso ahora, tendría que ver con que los pasitos que fuimos dando hacia la democracia dejaron marcadas las huellas de la sangre de gente joven, buena y noble. Hijos e hijas, líderes, a quienes sus compañeros de organización, amigos y familiares amaban y admiraban.

Era difícil, me imagino, congraciarse entre adversarios porque separando las parcelas política había muchos muertos recién enterrados. Ahora eso cambió. Contrario a lo que dice el poema, “Hay muertos que van subiendo cuando más su ataúd baja”, las tumbas han ido bajando a la par que los ideales y los recuerdos.

A las parcelas políticas las une un camino pavimentado a través del cual circulan intereses que se trasiegan en las narices de todos. Los contrarios acérrimos son compadres y las diferencias duran lo mismo que las campañas o, tal vez, menos. Ahora, cuando voy al Seibo, no tengo idea de a cuál partido pertenecen nuestros vecinos. Incluso, en una misma familia las simpatías políticas pueden ser muy diversas, lo cual es bueno.

Lo malo es que la política dejó de ser una pasión. No conozco una sola madre de clase media que se suba en la parte de atrás de una camioneta para hacer campaña, como vi hacerlo a mi madre y a nuestras vecinas. Ese proselitismo está reservado para los candidatos, sus familias, los que están obligados por el trabajo o aquellos que reciben un pago por su presencia.

Y es que la gente no se mueve tan fácil, porque nada los inspira. Ni siquiera queda el entusiasmo de poder elegir a los candidatos que representarán a sus partidos en las elecciones. Pues, la nueva modalidad de las elecciones del Congreso y los municipios es que los partidos se “reservan” las candidaturas, como si fuera una mesa en un restaurante, quitando el libre albedrío a las bases, que es la esencia de toda democracia.

Porque, para los de abajo, el único poder está en la fuerza y el peso de su voto, un derecho que ahora también sus líderes les han arrebatado. Hemos vuelto al dedo, y pienso en las cédulas que antes de yo nacer la gente mandaba a sellar para legitimar el régimen del tirano Trujillo y en los cadáveres que costó esta democracia que, por lo menos, le daba al pueblo el poder de elegir y descartar y, ahora, ya ni eso.

 
 
Cándida Ortega
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