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Sábado 21 de Noviembre del 2009, actualizado 2:28 AM
 
MEMORIAS DE VIAJES
En Lourdes: al cenar ¡cuánto reír! 
Carmenchu Brusíloff - 11/4/2009
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Cae la tarde, y por el cielo se extiende una tonalidad grisácea cuando, entrando al pueblo de Lourdes, una silueta imponente se presenta sobre un risco con aspecto de islote. La imagen me toma desprevenida: es el castillo del siglo XIV aunque reedificado en el XVI, en cuya torre defensiva funciona un museo de artes y tradiciones populares de los Pirineos.

Hasta este momento yo buscaba divisar algún cartel o representación que aluda al santuario de Lourdes. No lo veo. Sea como fuere, se está haciendo realidad mi antojo: conocer el santuario de Lourdes que cada año recibe seis millones de visitantes.

De haber viajado de manera individual no me hubiera sido fácil el trayecto: montar en tren desde Madrid y luego trasbordar a un autobús en Francia. Para evitar confusiones por asuntos del idioma decidí en Santo Domingo tomar una excursión a través de Prieto Tours. Pese a que el número de latinoamericanos inscritos en este itinerario es bastante reducido, resulta suficiente pues la mayoría continúa en otros tours de la misma operadora Iberojet.

Hoteles y más hoteles de escasas proporciones y sin fachada llamativa se suceden uno tras otro sobre un terreno de distintos niveles mientras avanzamos por las calles del poblado. Ahora entiendo por qué una guía de National Geographic afirma que, después de París, Lourdes tiene el mayor número de hoteles en Francia. Y pensar que este poblado cuenta con menos de veinte mil habitantes...

En una cuesta un tanto pronunciada inicia Roque, el conductor del autobús, una reversa con excelente dominio del volante hasta detenerse a escasa distancia de la esquina. Al apearnos me entero que a cada pasajero le toca llevar su respectivo equipaje. Y por poco que sea el tramo a caminar ¡es cuesta arriba! Paciencia, me digo. Claudio, el guía, se ofrece a ayudarme. “No, gracias”. Ya tendré cuidado para no lastimar mi hernia discal.

La habitación es muy pequeña, pero está limpia. Lo que incomoda es el reducidísimo espacio de la ducha colocada sobre una diminuta tarima. Además, tiene roto el enganche para colgar la regadera. ¡Qué difícil es ducharse teniendo que aguantarla con una mano!  Por suerte está el agua caliente. Tras más de ocho horas de carretera es lo que pide el cuerpo. Pese a la incomodidad, se agradece. Por no tener a mano el gorro de baño me las arreglo con lo primero que aparece en mi maleta: una funda plástica que intento ajustar con un clip. Da resultado.  

Restauradas las energías, comparto mesa en el restaurante con Soraya Baez de Gil y un matrimonio chileno con su hijo. Me apetece una sopa de verduras caliente. Pero aquí no son platos a escoger. Y, sin embargo, cual habiendo leído el pensamiento, trae la camarera una fuente ¡sopera!, y de verduras. ¡Deliciosa!

¿Qué es esto?, preguntamos cuando trae el plato fuerte. ”Cuá, cuá”, responde.  ¿“Cuac, cuac”? Nos miramos. ¿Pato? Esto no es pato. Resulta que preguntaba ¿”quois, quois”? Es decir, ¿”qué, qué”?  Otra camarera acude a su auxilio, dobla los brazos y empieza a bajar y subir los codos. Nos echamos a reír. ¡Es pollo! Está muy bueno, pero me dedico a degustar lo que al principio tampoco percibo qué puede ser. Son espárragos rehogados en salsa de ajo y aceite de oliva.  ¡Suaves y exquisitos al paladar! Es obvio que estamos en Francia...  

Son casi las nueve de la noche. Es hora de visitar el santuario. Espero llegar a tiempo para asistir como espectadora a una procesión especial: la procesión de las antorchas.

 
 
Cándida Ortega
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