“Yo estoy muy orgulloso de mis hijos”, me dijo en una ocasión G.P. mientras desplegaba una alegre sonrisa. “Pues yo creo que tienes razón de estarlo”, le contesté. “Pero te voy a decir algo más: creo que también ellos tienen razón para estar muy orgullosos de su padre”.
Aquella observación mía le sorprendió. Creo que hasta lo turbó un poco. Parece que él nunca había pensado que sus hijos, en verdad exitosos hombres de bien, tenían en él un estupendo padre.
Cuando hace unos días me enteré de la muerte de G.P., me alegré de haberle dicho esto en vida. Fui donde su viuda y le dije que G.P.
había sido para mí un ejemplo de hombre sencillo y agradable.
“El evangelio dice”, le dije, “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.
“Pues bien, yo estoy convencido de que su esposo está mirando a Dios en este momento, porque él fue un hombre de corazón limpio”.
“Tú tienes razón, Luis”, me dijo su esposa sin poder evitar que una lágrima rodara por sus ojos. “Él era un santo”.
Recientemente recibí en mi oficina la visita de un amigo. Vino a contarme algo extraordinario que le había sucedido el día anterior.
Con mucho temor fue donde T.L., el presidente de la empresa donde trabaja, con un problema que para él resultaba angustiante.
La reacción de su jefe superó todas sus esperanzas. En vez de rechazo, recibió comprensión, compasión y ayuda generosa: T.L. tuvo misericordia de él. El evangelio de hoy (Mateo. 5, 1-12a) nos dice: “Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.
Hoy es el día de todos los santos y es también el de T.L.
El evangelio (La Buena Noticia) de hoy aparece en menos de media página. Nos revela el Señor ocho fórmulas de felicidad y al mismo tiempo ocho garantías de santidad llamadas comúnmente “las bienaventuranzas”.
Puede usted buscar en su evangelio para que las lea las ocho.
He mencionado dos. A G.P. le correspondió la número seis y a T.L. la número cinco. ¿Cuál de las ocho le corresponde a usted? Por mucho tiempo tuve tres errores acerca de los santos. Pensaba que tenían que ser personas perfectas, de otra época, y ya muertos.
Estoy feliz de haber estado equivocado.
Perfecto sólo es Dios. Los santos son personas con fallos y defectos, pero viven al menos una de las ocho fórmulas.
Las personas dichosas, además, no son sólo de otra época, ni tienen que haber muerto. Doy gracias a Dios por haber conocido y por conocer hoy a muchos de ellos. Muchas personas que son felices porque son pacientes o compasivas, o trabajan por la paz, etc.
Amigo, esté seguro de que usted califica para una de las ocho fórmulas de la felicidad. Dios así lo quiso cuando lo creó a usted.
Ojalá pueda usted identificar la suya. Quizás una magnífica ofrenda que podríamos hacer a Dios hoy es reconocer que somos dichosos, y dar gracias a Dios por su deseo de que seamos felices.
“La mayor gloria de Dios es el hombre plenamente realizado”, afirmó San Ireneo. ¿No será esto a lo que llaman santidad...?