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Juan Bosch y las cabezas perdidas
Marcio Veloz Maggiolo - 7/16/2009
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Sobre todo lo que se ha dicho y se habrá de seguir diciendo sobre el profesor Juan Bosch, hay aspectos que emergen de su modo de ser, de su biografía, que confirman su amor no sólo por la literatura, sino por las artes en general. Un artista no tiene por qué ser completo en las manifestaciones del espíritu, podría ser genial en su área más comprensible, pero en otras, un destacable aficionado.

En los meses de 1960-70, en España, el profesor Bosch y yo compartimos diferentes momentos, en Madrid primero, y luego en Benidorm, donde escribía su obra “De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe, Frontera Imperial”. Aquellos encuentros culminaron con una sorpresa agradable: la de un escritor con enormes deseos de usar la materia plástica para expresarse manualmente. Juan Bosch se revelaba escultor.

Un buen día llegó a mi casa un mensajero que me traía una escultura que no era otra que la imagen modelada de la cabeza del escritor Ángel Lázaro, viejo amigo de Bosch de sus épocas de la revista Carteles; Bosch se dedicaba, entonces, en sus tiempos libres, y en aquellos años, a realizar esculturas. Esa vocación se expresaba ya en Santo Domingo. No sé cuántas cabezas hizo, pero si conocí las de José Francisco Peña Gómez y la del propio Lázaro. En Benidorm me enseñó otros proyectos que no sé si cuajaron.

Luego de unos meses otro enviado embozado en misterios, pasó por la calle Cartagena, en aquel inolvidable barrio de Salamanca donde vivíamos Norma y nuestros pequeños en Madrid, y retiró la cabeza de Ángel Lázaro, la cual esperaba ceñudamente que su dueños la reclamaran. La de Peña Gómez creo que llegó en su momento a las manos del admirado y notable político dominicano. Mucho pensé cuando supe de la existencia de estas cabezas. Y desde luego no pude sino retornar a aquel cuento de Bosch titulado “La mancha indeleble” en el que se exige al personero del argumento dejar su cabeza en el despacho del partido para, renunciando a sus principios, entregarse vacío y simbólicamente descabezado al proceso que exigía el momento político.

¿Se refería Bosch a cierto socialismo “staliniano” o a la época del Partido Dominicano que Trujillo animara? Pensar ahora en esta temática quizá me lleve a suponer que toda cabeza modelada en barro transformable puede ser un misterioso y frugal texto literario y que toda escultura tiene dentro la gramática de un escritor, como todo texto tiene por igual la materia de la plastica creadora, porque el arte es total, y cuando se expresa, escribe, aunque no lo desee, con una gramática propia, alojada en la memoria, en la tradición y en los sueños. Vale pensar, luego de tantos años, que la obsesión de las cabezas amablemente concebidas que se dispersan, y hasta se bifurcan como los senderos de Borges, pueden ser también una manera de llevar a la plástica, “lo que se piensa del pensamiento” de una cabeza que puede ir de un sitio a otro, hablando sin hablar y diciendo sin decir.

El tema de las cabezas, único en un cuento de Bosch, se repite en algunos escritores de manera distinta, como acontece con la novela la “Cabeza perdida de Damasceno Monteiro”, de Antonio Tabucchi, el autor de otro texto inolvidable: “Sostiene Pereira”.

La inencontrable cabeza de Damasceno, ausente en el cadáver que el gitano descubre, remite al olvido del rostro y nos inicia en la búsqueda de un universo artÏstico con cabezas de ida y vuelta que son, al fin y al cabo, modalidades que van de la prosa al modelaje o del modelaje a la prosa, y que conforman casi una sugerencia estética o politica: la de las cabezas que pueden ser universales y que revelan la coherencia de las identidades y hasta las expresivas fracturas espirituales.

No busco con esta comparación sobre cabezas perdidas nada más allá que la coincidencia del escritor entre su obra literaria y su obra escultórica. Al tallar cabezas se tallan mundos, se piensa en lo que el otro ha pensado y al escribirlas como objetos ideológicos, se modelan formas idiomáticas. En Bosch, a diferencia de lo que se concreta en la obra de Antonio Tabucchi, la cabeza es en vez de un objeto perdido, un objeto ganado, por cuanto al reproducir las cabezas de quienes fueron en una época sus amigos, el maestro reconoce en la escultura de aquellas la inteligencia que para él representaba la vida del homenajeado, cuando trata de hacer del gesto la superficie del contenido interior de la cabeza que  talla. Toda cabeza vertida en la materialidad tiene un legible gesto coagulado.

Las cabezas de Bosch, a diferencia de la que Tabucchi sale a buscar con sus personajes, no son cabezas perdidas, sino extraviadas, que hablan de una época capaz de reproducirse por sÏ misma. Las de Bosch corresponden a la realidad material de lo pensado, la de Tabucchi, a la realidad de la literatura como acontece por igual en “La mancha indeleble”, notable relato en el que Bosch comienza diciendo que “Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas”.

La crisis surgiría cuando el personaje pidió el método para poder desencajar su cabeza, culminando el relato con la huida intempestiva del hombre que si aceptaba la sugerencia ya no tendría identidad propia, porque pasaba a ser su cabeza un material de estanterías. Por eso pienso que Bosch, hombre de cabeza clara, admiraba esas cabezas amigas que reproducía. Trataba de sellar sus atributos, de consolidar sus gestos, de hacer de la materia prima modelable, biografÏa mÏnima, alfarera y congelatoria, si se me permite este vocablo.

En estos momentos, esas cabezas modeladas con manos de escritor, o escritas con manos de modelador, pudieran pasar por cabezas perdidas, pero aun con sus contenidos dentro, porque a diferencia de la de Damasceno Monteiro, quizá tengan la vocación de reaparecer no en un lugar desconocido, sino que pensativas aun luego de la muerte de sus antiguos propietarios, en alguna estantería familiar donde recuerdan el afán del maestro por repetir no sólo la faz, el rostro del amigo, sino su pensamiento.

Ya sabemos, al comparar, que estas obras de Bosch nada tenían ver con las “cabezas trocadas” de Thomas Mann o aquellas del propio Tabuchi, pero en la perspectiva, perdidosas y ocultas, ellas hablan, no sé a quién ni a quienes, del pensamiento generoso de un artista del idioma y de la politica de nombre Juan Bosch, que fue igualmente humano en el hecho de querer consolidar en material de afectos, el pensamiento hecho gesto de los que fueron, en alguna ocasión, sus amigos entrañables.

Santo Domingo
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Juan Emilio Bosch Gaviño.

 
 
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