Se ha convertido en tema de creciente expectativa el caso del general Juan Tomás Taveras Rodríguez, cuya carrera luce en cuenta regresiva al pasmo o a la cancelación, por no sumarse al coro de la adulación cobera que aquí se premia con irritantes privilegios.
Un militar no vive en el planeta Marte ni en orbitas fuera del acontecer del país. Es un ser humano que habita en un universo social de palpitantes incidencias en el que se forja un orden institucional llamado a afianzarse o a frenarse, a su defensa o a su desconocimiento.
Sólo hay que vivir en este país para saber quien anda derecho, quien cojea y quien coge. El militar que anda derecho tiene numerosos émulos en nuestra historia que alimentan su dignidad y lo mantienen frente en alto bajo un comportamiento que educa a sus hijos y se traduce en el mensaje de que hay Patria todavía.
Ese no transita por el carril de la vida fácil ni de la asechanza de oportunidades para engancharse o colarse donde el capitán lo vea y lo coloque en el círculo de adeptos incondicionales.
El militar que se atiene a cumplir su deber y responsabilidad no se sube en el palo politiquero ni lo incluyen entre los beneficiados con múltiples recursos y facilidades.
Por el contrario, si no aplaude el “progreso morado” genera suspicacias entre los lisonjeros del poder apostados en distintas latitudes de la super poblada nómina gubernamental.
El zalamero oficialista tiene su códigos y sus recursos para “hacer brillar” a funcionarios depredadores, mientras gesticula con ‘musarañas’ y ‘moriquetas’ y le saca la lengua a todo crítico de lo mal hecho en la administración pública. Es lo que se registra ante los pronunciamientos provocados por recientes y graves denuncias de corrupción.
En ese sentido, el militar que habla de irregularidades se vuelve un blanco de la batería de la intolerancia oficial que le saca la lengua y lo sataniza.
Como en el caso del general Juan Tomás Taveras Rodríguez, el militar que habla para reivindicar la institucionalidad, en particular de los cuerpos armados, que se vuelve un objetivo del sistema nacional de bocinas.
Pese a que el país no sale de un escándalo, el oficialismo responde con nuevas burlas, actitud que se interpreta como una peligrosa provocación.