La vida humana es lo más valioso de la existencia; su preservación es la meta que sostiene al ser humano en lucha permanente por hacer realidad sus múltiples ideales; sin embargo, la deshumanización se presenta en abrumadora incidencia mercurial, como ocurrencia de la degradación de la vida. Las raíces del hombre siempre contaron con sus vivencias; desde el inicio del mundo su preferencia se dirigía a la investigación de su procedencia y armonización con sus descendientes. Consecuentemente el más profundo sentimiento de amor existente sobre la tierra, es el profesado a los hijos, empezando por María Santísima en el desgarramiento más intenso de su alma, durante el Calvario de Cristo hasta Su muerte.
En el presente la evolución del mundo ha cambiado la alegría del ser humano cuando entra en el plano de la injusticia, que salpica de llanto la humanidad. En Irak, Irán, Siria, sufren el embate de la lucha por los intereses que los acerca a la tercera guerra mundial. En nuestra nación el proceder dominicano atado a la criminología y a sus ejecutores, ha borrado la sonrisa de nuestra tierra cambiándola por el asombro de la crueldad del caos, donde estamos inmersos. La ambición inagotable individualista juega un papel preponderante en el presente, incidiendo en las variabilidades universales que arrastran nuestra tierra, por la exaltación de los intereses económicos, muy por encima del amor y de los sentimientos humanos.
La ambición descomunal de la que tanto hablamos, es el foco corruptor de nuestra ciudadanía en la porción destructora de valores y vidas.
La vida sigue siendo abatida, fungiendo como blanco de los criminales dominicanos que parecen indetenibles. Algo drástico debe hacerse, las medias tintas no funcionan para dominar la delincuencia. Tenemos que borrar la idiosincrasia criminal del mapa de República Dominicana, detener el hundimiento de nuestra tierra en el charco de sangre, y socorrer el alma dolorida por la angustia que la produce.
Dominicanos, ¿a dónde ha quedado la compasión? ¿A dónde se ha escondido el corazón? ...Que ya no grita amor.
¡El llanto de una madre que le asesinan a un hijo, es indetenible! Relatan que Michael no era un delincuente, que el joven no estaba armado, fue abatido a tiros y asesinado por detrás; este hecho atroz y criminal se sucede repitiéndose. El Estado debe intervenir con determinación. El crimen se extiende en trajeados de azul, aunque en menor escala. Es ineludible efectuar una depuración urgente y profunda de la Policía Nacional. Apuntar un arma entre un grupo de jóvenes, estando desarmados, es condenar a muerte al inocente, ejecutándolo. Una persona es inocente hasta que en la justicia se pruebe lo contrario. Sacar un arma no es sacar un pañuelo, el arma se hizo para terminar con la vida y desgarrar la familia. En nuestro país la vida no vale nada.
Su Eminencia, el cardenal López Rodríguez, por favor, esta tierra necesita de Dios. Requerimos de una misa multitudinaria en el Estadio Quisqueya y otras en parques o lugares amplios y abiertos, a ver si cambiamos la criminalidad por amor, la delincuencia por laboriosidad y la drogadicción por paz. Con oradores y escritores que cuenten la historia, para que no se repita jamás. Se puede lograr con la ayuda de la Iglesia, la fe puesta en el Señor, con educación, con la urgente enseñanza de valores morales, por radio, televisión, en todas las escuelas y como meta mayor, la voluntad de salvarnos a través del trabajo, del aprendizaje generalizado, instituido por leyes promulgadas. Que despierte el Estado ante la desesperación nacional. Y persista hasta el último dominicano agarrado de Dios.