Puntos de vista 9 Septiembre 2010
0 Comentarios
Tamaño texto
Hipólito Mejía, discurso y legitimación
Ignacio Nova
ignnova1@yahoo.com

El contenido del discurso de Hipólito Mejía era, pues, el desarrollo nacional y su coyuntura social y política. Empaquetado en una oralidad con fuertes raíces en lo popular y lo suburbano. Desde inicios de su gestión lo dejó claro al decir en los Estados Unidos que prefería “comprar la vaca a importar la leche”. ¿No invocaba el desarrollismo? ¿La sustitución de importaciones? ¿Las metas de la agroindustria en su argot y apelativos directos; giros sorpresivos, modismos, ingenio y picaresca? Irreverente ante los iconos del poder que la cultura funda, que nutre las literaturas y artes de hoy. Si no, preguntad a Saramago o a Junot Díaz.

Será difícil deslegitimar ese desarrollismo que, por oficio, representa Mejía: el actual mandatario lo declaró su meta. “Soy desarrollista”, dijo. Pero no lo alcanza porque, como el Hamlet de Shakespeare ante el deber de vengar el asesinato de su padre, carece de la fuerza de voluntad política para realizarlo.

La oralidad de nuestra subcultura acompaña los ritmos que bailan todos, sin diferencias sociales o económicas, y expresa una “enjundia” arrancada a la experiencia que tipifica el habla. En el pasado, la expuso el axioma hecho estribillo “Plátano maduro no vuelve a verde”, una ingenuidad, poética casi ante la letra y gestualidad del “perreo” y el reaguetón abundantes en las “discolights” rodantes PLDístas.

En ellas escuchamos “canciones” incitando a dar y a dar, coger y beberse las partes íntimas. Eso sí es vulgaridad. Insolencia plena ante el discurso ingenuo de Mejía.

Imputarle las quiebras bancarias y la crisis era natural, de ello dependía “terciarse la ñoña”. En el contexto lógico, sin embargo, sólo el descargo judicial de los involucrados en los fraudes podía deslegitimarlo válidamente.

Lo otro fue parcialidad política y mucha chercha. Para construirse una imagen diferente, los del PLD rechazaron sus barriadas de origen, se disfrazaron de señoritos y acartonados, relamiditos, pretendiendo ser “doctos” exhibieron sus papasos.

Bajo la perspectiva conductual de las masas y la idiosincrasia nacional era de esperar que una embestida así fructificara.

Es una sociedad que, mientras mantiene a todo vapor la boyante economía del aborto, firmó compungida por su prohibición constitucional.

Pero ¿dejó de asistir a los moteles? ¿Dejó por ello de abortar? Frente a ese discurso, sectores de la clase media se comportaron así: lo rechazaron por el mismo motivo que bailaban “el perreo” y el reagetón: por moda. A pesar de ello, sólo después del 7 de abril del 2003 ese discurso empezó a resquebrajarse.

La “baja popularidad” que algunos (Juan Bolívar Díaz y las encuestas de Bernardo Vega) atribuyeron al PRD entonces (6.8%) no afectaba al ex mandatario.

Consciente de eso, el PLD arrancó el 2003 desatando su poder de fuego sobre el gobierno y, a falta de candidato PRDísta, Fernández aparecía con más votos de la cuenta (34%).

Vimos emerger un PLD radical y desafiante, con un lenguaje duro y una voluntad de poder jamás vista. Estaba todo lo bajo que podía y tenía que crecer. No era para menos. Debían revertir los resultados de mayo del 2002.

Cifraron su oportunidad en la presión fiscal que acarrearía el primer pago de los bonos soberanos, los hijos legítimos de su “faltante”, su momento preescogido. No dudaron en alinear su discurso al de los responsables de las quiebras. El PLD buscaba el poder.

Esos aliados, impunidad. Contaban con que Hipólito Mejía sobreseyera la observancia a las leyes y la protección del capital de empresas y personas, transándose, como hizo Balaguer antes, para retener la silla. El tiro les salió por la culata, “la pava no quiso poner donde ponía”. ¿Fue casual la casi simultaneidad de esos eventos? Los otros ataques provenían del PRD, dividido hasta en su médula, con “aspirantes presidenciales” con menos del 1 y 5% de simpatía, pero con derecho a despotricar contra su gobierno.

Leonel Fernández sí era candidato.

34% obtenía en febrero del 2003. La crisis mediática iniciada el 7 abril, cuando la Junta Monetaria desestimó el acuerdo PROGRESO-BANINTER, lo lanzó en julio al 50%. Momentos antes, El PRD, sin importar rostro, pesaba alrededor del 40% lo que se simula tras esa supuesta “bajísima simpatía” de un Hipólito Mejía no declarado candidato, contra un Leonel que caravaneaba desde el 2001. La crisis, los fraudes y los enemigos del PRD empujaron al PLD hacia arriba.

No fue la clase media, por tanto, la que deslegitimó ese discurso. Ni siquiera la crisis. Fueron la estrategia de comunicación política del PLD y la maquinaria mediática que los responsables de las quiebras le aportaron, formando un bloque orientado, durante los siete meses anteriores a las elecciones a crear el clima que propiciara la impunidad o, en contrario, ahogarían al gobierno del PRD en resultados adversos en mayo del 2004. Pensar en casualidades es chuparse un dedo.

Los objetivos del ataque eran: a) destruir el vínculo discurso político-pueblo, presentando a Mejía como analfabeto; b) a partir de eso, tipificarlo de incapaz, de mal gobernante; y c) sobre esos dos apoyos: diferenciar “al otro”, al candidato, a legitimar “el progreso”.

Eso desmoralizaría al PRD; dispersaría su voto duro, lo dejaría sin un discurso aglutinador que reconstruyera y alimentara su imaginario, el mundo y sus representaciones. Formaron una voz apabullante.

Aún así, nada avasalló aquel discurso ante el 34% de los votantes que lo ratificó en mayo del 2004 y a contrapelo de la crisis. Su aceptación mermó cuando mutando de carácter, pasó de positivo y festivo a contestatario; de enfrentar al PLD, que lo abjuraba, a arremeter contra un pueblo al que sólo debía celebrar porque le pertenecía. Cuando se construyó la imagen hiperrealista de huevos y gallináceas, el pueblo se sintió atacado con sus propias armas y por su propio ejército. Una parte corrió hacia el adversario. Otra se disgregó.

Mejía, casi solo, no tenía en el PRD discursos aliados suficientes para atajar esa estampida. Un error así no es objetable, dada la presión bajo la que estaba el gobierno por los múltiples frentes en que guerreaba. Ante la protesta popular por la carestía y devaluación sólo se imponía la construcción cierta y promisoria de una esperanza creíble, realista y vigorosa.

Ojalá Hipólito Mejía recupere los elementos legitimadores de ese discurso suyo, sin abandonar la novedad ni la precisión en el análisis de la coyuntura económico-política. Ojalá, porque así es él y “hay tiempo de llorar y tiempo de reír”, de desenfadarse y acartonarse. A conveniencia. Prudentemente.

En un proceso así, donde la oralidad popular es protagónica, la cultura tiene mucho que aportar a favor de una fórmula triunfadora. Para devolver ese decir y patrimonio a sus orígenes.

Más ahora que en pleno vendaval los señoritos del PLD se quedaron sin caretas.

Recomendar este articulo por:
COMENTARIOS 0
Este artículo no tiene comentarios
Comentarios | No tiene cuenta? Cree su cuenta | Recuperar contraseña
Debe estár logueado para escribir comentarios
Usuario Contraseña