Tras leer la información de que las edades de los que mercadean la droga callejera en nuestro país rondan entre los 19 y 22 años, reflexionaba sobre la grave enfermedad que padece el ser humano y que está llevando a la ruina a tanta gente joven (y no tan joven). Esa enfermedad no es precisamente la ambición, porque hay ambiciones buenas, hasta tanto se conviertan en esclavitud.
Es: la codicia, que no permite al hombre llegar a un límite donde alcance un estado de satisfacción definitivo.
Pensé en los jóvenes de esta sociedad que son arrastrados por el dinero fácil y creen que con la “yipeta”, el Four Wheel, y lanzar la tarjeta en cuanto restaurante o bar caro del país asisten, han logrado el súmmum de sus aspiraciones en la vida para encontrarse con que siempre hay un escalón nuevo, sin saber que subir ese escalón puede tener un costo demasiado alto porque el precio puede ser la vida o la cárcel, y la honorabilidad de sus familias.
En ese punto recordé a mi viejo amigo Claudio Chea, el cineasta, quien muchos años ha, me regaló un libro del maestro tibetano y budista Akong Rimpoché, donde encontré estas palabras que les dejo para que las lean a sus hijos: “En nuestra vida como seres humanos hay gran cantidad de deseos y apegos que nos causan mucho sufrimiento, tanto a nosotros mismos como a los demás. Si no satisfacemos nuestros anhelos, nos sentimos desgraciados. Incluso cuando obtenemos lo que queremos, la felicidad que ello nos produce es sólo temporal ya que, invariablemente, un nuevo deseo surge en su lugar. Continuamente estamos tratando de satisfacer deseos que son ilimitados, carentes de forma y tan extensos como el espacio”.
“El error está en que esperamos encontrar la felicidad fuera de nosotros, sin darnos cuenta de que sólo puede proceder de nuestro propio interior. Lo que nos hace falta es cambiar nuestro modo de percibir al mundo.
Aprender a aceptar el deseo sin dejarnos llevar por él. Sólo entonces estaremos satisfechos con lo que ya tenemos, en vez de esperar constantemente más.”