“Como no bebo, me lo unto”, dijo del ron, una vez, el ex presidente Ing. Hipólito Mejía.
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Las medidas económicas adoptadas durante su gestión, a raíz de las quiebras bancarias del 2003, fueron reconocidas recientemente por la Asociación de Bancos (ABA) como el factor esencial en la robustez que ostenta el sector.
Antes de este reconocimiento y del lanzamiento de su actual candidatura padecía los efectos graves de la deslegitimación política.
Con aquella frase respondió la oferta de un trago. Avanzaba desde los confines, en uno de sus periplos. Destapó el “pote”, derramó algo de su contenido en una mano y se lo “untó” desde la frente, recorriendo su calva amplia y característica bajo su contagiosa y amigable risa.
El público estalló en una hilarante algarabía. Recordarlo todavía me divierte.
Actuaciones como esa eran más que necesarias entre septiembre del 2003 y mayo del 2004 para arribar en paz a las elecciones en que hasta su familia votaría contra él, según declaró.
Fue un espectáculo preparado, claro. De humor sano y popular, aunque chispeante, del que el entonces gobernante regalaba al pueblo sumido en la tristeza de su abandono sempiterno.
Una acción de distracción y circo a la que estaba obligado el gobierno para echar algo de hielo a la candente situación económica e, incluso, para vestir de opacidad a los involucrados en las quiebras.
Si con ese tipo de bromas el pueblo reía, para amplios sectores de la pequeña burguesía educados en el modelo de mandatarios acartonados o “ilustrados”, aunque no superan la calidad de copistas, eran puras bombas atómicas, graves ofensas.
Era de esperarse. En un discurso así ellos no podían reconocerse. Tenía demasiado de “la otra cultura”. De la producida por las mayorías de un país cambiante. Por un pueblo paupérrimo que en vez de desprecio merece solidaridades.
Ese pueblo que procede del abandono del campo, que para instalarse en los cinturones de miseria y en las lindes suburbanas abandonó su ingenuidad. Desarrolló aquí un modo de vida público, enérgico, solidario y descarnado. De propietario pasó a desarrapado. Perdió todo, excepto su fuerza de trabajo. Sin nada, se afirma subestimando todo y a todos; “bufea” el universo. No sufre nada. Se adapta a lo pequeño y a lo grande, a lo bueno y a lo malo. Sobrevive y define el valor de la experiencia cotidiana con “Tó¥” e’ tó¥” y “Nᥠe’ nᥔ. Hasta que algo les importa o se los gana. Entonces entregan sus almas sin reservas.
Con esos sectores mayoritarios tenía un fuerte vínculo el discurso de Hipólito Mejía. Procedía de ellos, era el suyo. Ante el intento de estafarlos, personas muy educadas no temen replicar “¿Te crees que soy pendejo?”. El discurso que no apela a sus referentes culturales significa nada. Desde el siglo XVIII los miembros del movimiento “Tormenta e impulso” (Sturm und Drang) lo sabían.
La clase media no satanizó el discurso de Mejía, sólo no lo aceptó. Era natural: el siglo XX dominicano gravitó y gravitaba sobre las memorias colectiva e individual en imágenes en torno a la “ética” del poder que incluyó los discursos. Se conocían solo dos referentes discursivos: a) el de un Trujillo en frac, repleto de medallas, coronado con bicornios imperiales, y b) el de Joaquín Balaguer, “pico de loro”, distante y reservado. Juntos, llenaron 53 años del siglo XX dominicano. Esa minoría no podía ser culpada por rechazar el discurso de Mejía, era “otro”, abiertamente popular y chabacano; su espontaneidad salpicó incluso el protocolo. Provenían de arriba; Mejía hablaba “para abajo”.
Todo gobernante trata de forjar un discurso propio, que lo identifique. El Dr. Leonel Fernández, en su primer mandato, apeló al modelo discursivo boschista: narrativo y pedagógico. Desde Palacio se presentó como “El profesor nacional de Economía” y fue rechazado. Palmariamente. La gente no sabía de economía, pero reconocía muy bien cuando no tenía “cuartos”.
Se inauguró entonces esa tradición presidencial de llamar solidaridad al abandono, bienestar a la pobreza, faltante al déficit y progreso a la debacle.
En su temor a las soledades políticas, Fernández no observó que el rechazo provenía de un Balaguer opuesto a un discurso de Bosch oficialmente legitimado. Sólo había una validación posible: la suya. Las maneras del actual Ejecutivo confirman que incorporó a Balaguer como modelo; también, que soslayó otras facetas de Balaguer.
El discurso político es importante porque la experiencia demuestra que la gente es capaz de morir por dos palabras. Por una fantasía de grandeza que lo incluya y tome en cuenta. En la que sienta que óimaginaria o realmenteó supera su condición lastimera, que es, en algo, superior o útil a alguien. Así se constituyen las sectas. Pero la gente hará nada, ni será atraída, tras realidades palpables enrostradas cotidianamente como carencias, eso ya se sabe; tras un espejo que le devuelva sus tragedias conocidas sin conducirlos al lenguaje de la lírica o los convoque a una Odisea de heroicidades.
Por eso el discurso es importarte: reconstruye el poder, su visión y su praxis desde lo espurio a lo sublime, de lo glacial al circo. Su tesitura y vínculo con la realidad depende del calibre de los gobernantes.
Sobre el contenido, significado, satanización y derrota de ese discurso volveremos en la próxima entrega.