Puntos de vista 10 Septiembre 2010
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Una canción para los barrios
Marcio Veloz Maggiolo

A Soledad Álvarez,
con afecto barrial.

Los oficios callejeros tuvieron enorme importancia en los barrios de la ciudad desde los mismos días de la colonia. Las recientes maneras de negociar implantadas el capitalismo, casi borraron del mapa citadino estas formas de subsistencia. El hojalatero, el empajillador, el lustrador, el reparador de muebles, el carpintero a domicilio, “hácelo todo”, y otros integrantes de esta fauna laboral de tiempo incompleto, eran de gran ayuda en el desarrollo de la vida barrial.

Por las calles Ciudad Trujillo los vendedores ambulantes eran numerosos, y entre ellos los que vendían algún tipo de alimento o comida, se llevaban los lauros. En Villa Francisca y los barrios aledaños a la avenida Mella, ligados a la antigua línea fronteriza de la capital, como San  Miguel, San Antón y San Lázaro; Juan Arepita vociferaba para atraer clientes a su carga de arepitas y de frituras ubicadas en una bandeja de metal que sostenía sobre su cabeza con una rodillera. La haitiana que pasaba de calle en calle con el pan de batata y el cuchillo de cocina para cortarlo, lo hacía al ritmo casi musical de su objeto vendible, con un castellano de corto aliento: “pan de betete”. Los muchachos la bautizaron con el nombre del producto que vendía, y así pasa a los libros. La haitiana que vendía maromeros hechos con figurillas de cartón recortado y con un armazón cuyo movimiento ponía a bailar el maromero, pasaba y enseñaba el funcionamiento de su ingenio en el portal de las casas donde sabía que había niños, sin embargo, hasta los más grandecitos comprábamos los maromeros que al poco tiempo había perdido elasticidad. Los maromeros fueron imitados porque eran de confección simple en la cual entraban el cartón, las tijeras, dos palitos en forma de H y el hilo que atravesaba el cuerpo del maromero. Los vendedores de dulces de panaderías lejanas, hacían sonar sus campanillas para avisar el paso, ya se sabe que Alberto Beltrán el notable cantante dominicano también se inició en este “dulce “oficio. Algunos de nuestros grandes artistas, cuyas familias vivieron en una pobreza que era parte de la vida dominicana, surgieron limpiando zapatos, como el genial Eduardo Brito y Alberto Beltrán.

  En mi casa y en la fábrica de vinagre de mi padre, trabajaba en la limpieza un muchacho de fuerte contextura que era capaz de cargar una barrica de 50 galones, claro que vacía, de solo un “levantón”, como él mismo decía. Isidro era un experto haciendo anafes de hojalata. Había vivido algún tiempo de este oficio, y en las navidades compraba latas de aceite  que cortaba y crean do la materia prima, transformaba en anafes a base de dobleces, de un yunque de hierro, de un martillo, unas tijeras, y usando remaches tomados de las cabezas de clavos grandes “decapitados”. Su labor “anafero” tomaba cuerpo a partir de las cinco de la tarde y terminaba a las ocho de la noche.  Usaba de su tiempo libre. Pero solo hacía anafes para niños y los vendía en la avenida Mella en navidad, su época preferida. Era emocionante ver las ensartas de anafes y micro anafes hechos por Isidro.

Pero a diferencia del hojalatero que creaba jarras de medir leche, jarrones para la naciente agua helada, bandejas para el asado, Isidro era anafero profesional. Los objetos de uso cotidiano hechos por los hojalateros se vendían en las calles a viva voz, y el vendedor de los productos, generalmente el mismo que los fabricaba, era, además, el salvador de algunos jarros agujereados o el componedor de un asa desprendida, o el transformador de un jarro normal en uno “de pico”, o el tapador de una insulsa batea que había querido terminar su vida con una hemorragia de agua y jabón de cuaba. Los dominicanos decimos que los objetos “se salen” cuando  el goteo los ataca. Todas esas industriosas ñpero no industrialesñ formas de hojalata tenían salvación provisional con el hojalatero barrial, el que andaba con su caja consistente en un soldador parecido a un martillo, cuya cabeza iba al carbón o mejor dicho al fuego que el cliente aportaba, una pequeña barra de estaño, ácido muriático, un martillo para en ciertos casos desabollar, un paño para limpiar el hollín dejado por la soldadura y un recipiente o botella con agua para probar si el sello de estaño había cumplido su encomiable labor. Desde luego, el hojalatero barrial explicaba las reglas de su trabajo: un jarro con soldadura de estaño no debe ir a la candela, aunque puede recibir tisanas, café y hasta café con leche, calientes. Bajo esta prédica, la jarrería estañada, estaba segura de que no volvería donde el hojalatero.

Son muchos los oficios, que como el de empajillador a domicilio o el lustrador que daba brillo navideño a los muebles de caoba, han desaparecido o van desapareciendo. Todavía queda en la capital ñno sé si es únicoñ un empajillador que pasa por la calle Arzobispo Noel, y a veces recala en la librería La Trinitaria soñando con un día empajillar una mecedora, la más grande de la que están allí dedicadas a escuchar las palabras de los contertulios. Realmente las sillas de guano fueron el motivo principal del empajillador capitalino. Fondas, casas de familia humildes, tarantines y hasta cines de barrio las usaron. El empajillador, fuera de su ámbito rural, creyó que podía vivir como un pez, pero en otra agua. Cuando el plástico invadió los mismos lugares en donde las sillas de guano hicieron su historia y biografía, como en la fonda de Chichito, los empajillados comenzaron a desaparecer, se quedaron solo en mecedoras de cierto lujo, o de cierta presencia, duraderas y no tan desgarbadas como las sillas que se aflojaban y a veces había que “encolar” para que volvieran a su enhiesta posición de firme. Pervivió  la zona sur del país y en campos del Cibao, amenazada por el material plástico invasor, una plaga mundial en forma de sillas, mesas, mecedoras y flores de corolas “petroladas”.

Lo mismo pasó con el método de lustrar. En mi casa, quien lustraba los muebles era Antonio Mesa, no el cantante, sino uno de sus famulares que no daba ni el re, pero que con la estopa en la mano y ese “menjurge” de alcohol y color, sacaba a base de un método de frotación, un brillo a la caoba que alcanzaba vocación de espejo. Mesa tenía una nube en el dislocado ojo izquierdo enemigo del derecho, y cuando miraba confundía. Siempre pienso en su mirada atrabiliaria e informal, surrealista cuando aun no conocía a Picasso, Gris y los otros. Mesa se cubrió de gloria barrial cuando transformó una butaca de la sala de mi casa en una silla de ruedas para mi abuela Mamá Fella, una silla sin otra cosa que roldanas grandes que permitían su movimiento de traslación, con el cual podíamos llevar a la abuela a el sitio de la casa que ella elegía en sus momentos de ocio, que eran todos.

Este mundo, ya  perdido, opera en el recuerdo, y, a veces, en el preámbulo del sueño escucho la flauta de Pan sonando, llamándome al pasado; no la flauta del dios Pan griego, sino del amolador español que recorría los barrios y resolvía el problema de los cuchillos “botos” y de las tijeras sin filo. Abro los ojos y me veo rodeado del siglo XXI, y exclamo: ¡No, no puede ser!

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