La etimología nos ayuda a “descubrir” el origen de las palabras, esto es, a la verdad del verbo. Refiero esto porque al leer en un diario que un joven artista millonario le regaló a la hija mayor de su esposa, también artista y mucho mayor que él, una mansión de un millón de dólares, porque esta deseaba comprarse un hogar, no resistí la tentación de establecer la diferencia entre una mansión, una casa y un hogar.
Mansión viene del latín mansio que significa permanecer; casa, viene del latín domus que significa lo que la cosa representa, y ligado a dominus, al señor, a quien habita en ella y ejerce dominio; hogar viene del latín focus y expresa el lugar en la casa donde se prepara el fuego. De modo, que si vamos al origen de estos términos, se puede permanecer habitualmente en un lugar y hasta se puede ejercer un dominio, pero esto no significa que se atice el fuego del amor.
Por tanto nadie puede comprar un hogar, éste no se compra, se construye, y se construye con sacrificio, aceptación, humildad, solidaridad, gratuidad, tolerancia y sembrando valores que estén fuera del comercio.
Severo Alvarado, querido amigo y profesor lasallista, ido a destiempo, lo explicaba mejor en sus intervenciones con este ejemplo.
Una familia pobre que había perdido todas sus pertenencias en un incendio, al estar a la intemperie observando cómo había quedado reducido a cenizas todo aquello, uno de los curiosos apenado le dijo al padre que estaba con su esposa e hijos, que lástima que hayan perdido su hogar, a lo que respondió abrazando a su esposa e hijos: “No hemos perdido nuestro hogar, perdimos nuestra casa, nuestro hogar es este, mi familia”.