Sí, esa es la idea que tiene Hollywood del cine: dos nombres de gran atractivo para con el público pagano, Tom Cruise y Cameron Díaz; él, maravillosamente buen mozo, ella, bonita y con curvas, y una historieta repleta de correderas, de disparos, de muertos y aporreados, docenas de automóviles destrozados en choques, y un romance inevitable adobado con unos cuantos chistes.
O sea, que al señor Patrick O’Neall le pagaron para escribir esa nadería sin importancia más de lo que más de siete millones de dominicanos ganan en un año, y para crear un superhéroe, que es una mezcla (repetida, reiterada, amazacotada) de James Bond, El Fantasma y a quien quieran ahora recordar del extenso muestrario de superhombres que engrosan las filas del cine desde hace cien años, o sea, un individuo a quien todos le disparan al mismo tiempo y nadie le acierta (y quienes lo hacen se supone han sido entrenados para eso, para matar), a quien todos quieren golpear pero él les gana a todos, quien salta desde el aire y de una moto para caer sobre el techo de un auto en movimiento y ni un rasguño saca ni un dolor le acomete, que salta sobre un andamio y lo destroza y a él tampoco le sucede nada, vaya, que la lista es interminable, pero que, no hay remedio, todo parece indicar que semejante rimero de sandeces es lo que gusta al gran público, a juzgar por la cola que se retorcía en el vestíbulo del Bella Vista.
Perplejos, estamos realmente perplejos ante el hecho de que a nadie que haya visto esta historieta que no parte de un “comic” como está de moda en estos días, pero que tiene más de “comic” que Batman y Supermán juntos, pues que a nadie se le ocurre imaginar cómo un individuo puede pasar de un país a otro con una mujer desmayada en brazos, y cómo esa misma mujer puede viajar de una nación a otra luego de que con toda claridad se nos informara desde el principio que ella, June Havens, nunca había tenido pasaporte y, claro, mucho menos visa, o cómo el maravilloso héroe Roy Millar podía, con su sueldo de agente de la todopoderosa CIA, regalarle casas y toda suerte de maravillas a sus padres.
Pero, culpas de Hollywood son y no de España, y por más que deseemos que todos los aficionados al cine piensen, de nada valdrá: ese es el cine que gusta y lo demás son alitas de cucarachas... que es lo que van a tener pronto en el cerebro quienes vean sólo ese tipo de cine.