La campaña electoral parece tomar otros atajos, y lo que ahora se percibe es una especie de “guerra de las falacias”, en la que la manipulacion de la verdad y la realidad sobresalen como armas mortíferas para destruir y debilitar a los competidores.
Aleccionados por la premisa “difama, difama, que algo queda”, los genios de la propaganda y la manipulación, usando a los amanuenses de nuevo cuño, han mostrado ya la agresividad y malignidad de sus intenciones, dándole a la campaña un giro que la degrada y la llena de impurezas políticas.
Los que aspiran a llegar al poder en las elecciones de mayo tienen necesariamente que valerse de ideas y programas que indiquen al pueblo qué políticas asumirán a fin de promover el bienestar, la estabilidad y una mejor calidad de vida.
Con estos discursos pueden conquistar a aquellos que ven, en las elecciones, la vía más legítima para fortalecer el proceso democrático mediante la alternabilidad en el poder, y que tienen esperanzas y aspiraciones sobre un mejor porvenir.
Pero si en lugar de los discursos, los encuentros populares, las entrevistas o cualquier otra actividad amparada por la ley electoral, esos líderes y sus partidos permiten o alientan, con terceros, que la campaña civilizada se desvíe de este curso, entonces quedaríamos solamente a merced de la lucha sucia, abriendo espacios propicios para que la chismografía, las mentiras, las falsificaciones y el ataque contra las reputaciones de las figuras que luchan en esta competencia cívica dominen el escenario.
La Junta Central Electoral y los sectores más sensatos de la sociedad, deben exigir ya, que los partidos se comprometan al ejercicio de una campaña respetuosa, creativa, ejemplar y civilizada, sin dejarse arrastrar a una “guerra de las falacias”, que solo abre heridas y confrontaciones innecesarias.