Lo que parece algo inconcebible, que niñas de 10 y 15 años de edad hayan dado a luz tan prematuramente, es ya, en nuestro país, una cruda y dolorosa realidad.
Sólo en dos maternidades, la de La Altagracia y la de Los Mina, los partos entre niñas y adolescentes hasta los 19 años de edad sumaron más de 8 mil.
Y en el Hospital Luis Eduardo Aybar, que no es una maternidad, se reportaron casi 300 el pasado año, entre niñas de estas edades y 2,036 entre muchachas de 16 a 19 años, lo que nos da una idea del dramático incremento de estos casos.
Los especialistas están preocupados por estas tempranas experiencias en la maternidad de niñas que no han madurado en la formación de sus órganos reproductivos, ni han agotado los procesos de instrucción escolar, ni pueden valerse por sí mismas para cumplir con la responsabilidad de sobrellevar un embarazo sin mayores riesgos, ni mucho menos para garantizarle el sostenimiento y la educación a sus criaturas.
Este drama es una derivación de otro mayor, y más grave, cual es la descomposición de la familia o el incremento de los niveles de disfuncionalidad en las relaciones matrimoniales o libres, en una sociedad en la que la deserción escolar a temprana edad, el desempleo, la pobreza y otros factores agudizan estas tendencias.
Ante esta realidad, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Se impone la estructuración y ejecución de un plan de orientación y asistencia especializada para las menores y adolescentes dominicanas, a fin de evitar que caigan en el error de dejarse embarazar o entrar al mundo de las relaciones sexuales precoces, dadas las serias implicaciones personales, sociales y económicas que producen estos deslices humanos.