El escaso respeto por las reglas urbanas, agravado por la aún más escasa conciencia ciudadana, hace que el tirar basura en las vías públicas sea un ejercicio común y corriente entre nosotros.
Como no hay penalidades o multas que se apliquen efectivamente, controlar esto se hace bastante difícil. Y por esa causa nunca acabamos de cantar victoria contra la suciedad, pese a los recursos millonarios que se invierten con el propósito de higienizar nuestras ciudades.
En muchos lugares del mundo es un grave delito echar desperdicios en las calles. Inclusive, se penaliza a los ciudadanos que no colocan sus recipientes de basura doméstica en los días y horas que se les asigna a sus vecindarios para que un camión los recoja.
Otros van más allá con reglas estrictas como Singapur, que castiga a cualquiera que tire una colilla de cigarrillo o una goma de mascar. Es más, en la mayoría de las capitales asiáticas está prohibido entrar a los trenes o metro mascando esas gomas o fumando cigarrillos.
Viene a resultar, pues, una iniciativa interesante la que ha tomado el ayuntamiento de Guerra de multar a los colmadones, almacenes y otros negocios que depositen su basura en las calles.
Podría ser este el principio de un esfuerzo decidido de los ayuntamientos por establecer controles efi caces a estos desmanes ciudadanos, por lo menos en aquellas ciudades donde tirar desperdicios indiscriminadamente se convierte en una práctica extendida y consuetudinaria.