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Miel y hiel en las Navidades

Miel y hiel son dos palabras antitËticas. Y sin embargo difieren en una sola letra. Ambas me han recordado las Navidades, una mezcla de dulzura y desconsuelo, de recuerdos dulces de infancia y de amargas historias de adultos. 

Sentimientos que hasta se funden en un abrazo. Las Navidades son un momento de complejidad psicológica. De ahí que haya quienes en estos días las odian y otros que las esperan con fruicción de niño.

Son fechas que, religiosas o laicas, con pesebre o con árbol, entrañan un fuerte contenido familiar, intrauterino. Si la fiesta de fin de año se puede celebrar hasta con desconocidos o con amigos de los amigos, la Navidad es sólo para la familia. 

Es en el seno de esa familia donde surgen sentimientos que se agudizan en la Nochebuena, fiesta agridulce, porque desde el aparador, en esa noche especial, nos miran desde las fotografías los que se fueron, los que ya no se sentarán más a la mesa, a los que no podemos darle un regalo.

A veces la familia se ha roto o se ha multiplicado en dos familias y no es posible esa noche celebrarla todos juntos. Hay que escoger y eso duele, queda como un escozar en el alma.

También la familia está compuesta de esas dos palabras tan parecidas y tan opuestas de la miel y la hiel. En Navidad nos esforzamos para que predomine la miel, la alegría y para que corran el perdón y la solidariedad. Nos esforzamos. A veces nos sale, y a veces no tanto.

Cada Navidad es como un examen de conciencia familiar. Y los que más disfrutan son los niños, porque ellos aún no han sido heridos en sus almas. Ellos necesitan sólo ser amados y en esa noche nadie les niega amor.